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Las enfermedades crónicas no transmisibles provocan el 80% de las muertes en el mundo, una de ellas es el cáncer considerada también como enfermedad catastrófica por el impacto en la salud y la economía que provoca en quienes la padecen y las personas que forman parte de su círculo familiar y de apoyo.

En la mayoría de los casos esta enfermedad es tratada por un equipo multidisciplinario (cirujanos, oncólogos, psicólogos, terapistas, nutricionistas entre otros.

Pero un aspecto que no ha sido tomado muy en cuenta pese a la abrumadora evidencia que existe, es el impacto que tiene la actividad física en las enfermedades crónicas no transmisibles incluyendo diferentes tipos de cáncer.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha definido el Cuidado Paliativo (CP)  refiriéndose al tratamiento no farmacológico, como el enfoque que busca mejorar la calidad de vida de los pacientes y sus familias al momento en que enfrentan los problemas asociados con enfermedades amenazantes para la vida, a través de la prevención y el alivio del sufrimiento por medio de la identificación temprana e impecable evaluación y tratamiento del dolor, y otros problemas, físicos, psicológicos y espirituales.

Bajo este orden de ideas el objetivo fundamental deja de ser la prolongación de la vida para constituirse en las intervenciones terapéuticas que buscan mejorar la calidad de vida  con medidas que van desde (atención médica, nutrición y ejercicio). Uno de los hallazgos que más impactan la calidad de vida en el contexto de los pacientes con cáncer es la fatiga relacionada al cáncer (FRC), que se define como una sensación constante y subjetiva de cansancio asociado al cáncer o a su tratamiento que está muy ligada a si la persona era activa físicamente antes de padecer la enfermedad, lo que impide un funcionamiento cotidiano normal y que además es desproporcionado con respecto a la actividad física  más reciente, lo interesante es que esta incapacidad hace que apenas dos minutos de ejercicio equivalen en los pacientes convalecientes el mismo efecto que si una persona sana realizara una hora completa a nivel de intensidad y beneficios para la salud.

La prevalencia de este síndrome se ha estimado entre el 60% y 90% de los pacientes con cáncer.

Este síntoma puede explicar en gran medida el deterioro del estado funcional, así como la debilidad muscular generalizada y la pérdida de peso, eventos que se suman a la sarcopenia (pérdida de masa muscular) . Lo anterior llega a limitar la movilidad y la independencia del paciente.

A continuación daré solo una pequeña parte de la evidencia existente sobre este tema.

Entidades como: American Cancer Society, American College of Sport Medicine, British Association of Sports and Exercise Sciences, Australian Association for Exercise and Sport Science, son enfáticas en la evidencia existente sobre el impacto de la actividad física en los diferentes tipos de cáncer.

Dada la gran prevalencia del sedentarismo en el mundo occidental, la teórica vulnerabilidad de este factor de riesgo, el relativo bajo costo del ejercicio, y el peligro atribuible a la inmovilidad, la investigación podría favorecer la modificación del estilo de vida impactando la salud pública respecto a la presentación de los diferentes tipos de cáncer.

Los mecanismos biológicos implicados no han sido aclarados hasta el momento, pero algunas hipótesis incluyen los cambios en la motilidad intestinal, especialmente en el lado derecho del colon donde hay un incremento en el tono vagal que permite disminuir el contacto con diversos carcinógenos. De igual forma, el ejercicio favorece la regulación de hormonas gastroentero pancreáticos y su efecto sobre las sales biliares, la proliferación celular, niveles de lípidos, interleuquina-1 (IL1) y de las prostaglandinas (PG).                                          

 Factores claves en los procesos anti inflamatorios sistémicos.

Friedenreich y colaboradores analizaron más de 250 estudios epidemiológicos que evaluaron la asociación entre la AF y la prevención primaria del cáncer; los hallazgos permitieron concluir que esta intervención estaba asociada de manera convincente con un menor riesgo de desarrollar neoplasias del colon y de la mama, y de manera probable, con un menor riesgo de cáncer de endometrio, próstata y pulmón.

Un número creciente de estudios ha examinado el valor terapéutico del ejercicio durante el tratamiento primario del cáncer. La mayoría de estos ha explorado el caso en mujeres con cáncer de mama en estado temprano que reciben terapia adyuvante (es decir, quimioterapia y radioterapia, después de la intervención quirúrgica), y tras eventos más extremos como el trasplante de médula ósea. A pesar de las limitaciones metodológicas estos trabajos han encontrado evidencia que sugiere que el ejercicio es seguro y factible de ser utilizado durante el tratamiento contra el cáncer donde impacta el rendimiento físico y la calidad de vida.

La AF también ha demostrado un impacto positivo sobre diversos síntomas relacionados o no al tratamiento oncológico concomitante. Una revisión metanalítica que evaluó la evidencia disponible en 82 experimentos clínicos aleatorizados que contemplaron la AF como intervención terapéutica en 8.838 pacientes que sobrevivieron cualquier tipo de cáncer durante y después de su tratamiento antineoplásico encontró a partir del análisis de 60 desenlaces que contemplaron el nivel de la AF, la función física medida objetivamente, el Índice de Fitness, el tamaño y la composición corporal, la calidad de vida, el eje psicosocial, diversos síntomas clásicos, los tratamientos antineoplásicos, algunas variables fisiológicas, el dolor, los eventos adversos y la intensidad relativa de la dosis, un beneficio global.

Cáncer de mama.

Una vez se ha establecido el cáncer de mama, la actividad física ha tenido resultados consistentes que favorecen su utilidad como intervención protectora.

La evidencia proviene de cuatro estudios prospectivos a gran escala, además de una revisión sistemática que indicó una reducción en el riesgo de muerte por la neoplasia del 34%, cuando las pacientes practicaban algún grado de AF en su tiempo libre, siendo este un hecho que se confirmó posteriormente.

Estos estudios también sugieren que las mujeres que alcanzan el equivalente de AF mínima sugerida (es decir, 150 minutos de AF de moderada a vigorosa intensidad por semana) tienen una regresión en el riesgo de recaída del 40% cuando son comparadas con sus homónimas sedentarias (pacientes que ejecutan menos de una hora de AF a la semana).

Cáncer de próstata.

Para los pacientes con tumores de la glándula prostática que terminan su tratamiento, los hallazgos de dos estudios prospectivos han indicado un menor riesgo de mortalidad específica por la enfermedad (reducción de aproximadamente un 30%), y una menor tasa de recaída por esta (reducción del 57%) cuando el paciente realiza una actividad física  con intensidad moderada tres horas a la semana.

Objetivos del tratamiento con actividad física de ACSM ( Colegio americano de medicina deportiva).

1. Recuperar y mejorar la función física, la capacidad aeróbica, la fuerza y flexibilidad.

2. Mejorar la imagen corporal y la calidad de vida.

3. Mejorar la composición corporal.

4. Mejorar los resultados cardiorrespiratorios, endocrinos, neurológicos, musculares, cognitivos y psicosociales.

5. De manera potencial, reducir o demorar la recurrencia o la aparición de un segundo cáncer primario.

6. Mejorar la capacidad para mantenerse física y psicológicamente frente a la ansiedad que genera la recurrencia o la aparición de un segundo cáncer primario.

7. Reducir, atenuar o prevenir los efectos tardíos y a largo plazo del tratamiento antineoplásico.

8. Mejorar la capacidad fisiológica y psicológica ante cualquier tratamiento antineoplásico futuro.

 

Dr. Richard Marine
Es especialista en Nutriología Clínica y Medicina Deportiva; Presidente Clínica Nutrimed.

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